Querida Ruth - Málaga Nocturna

Querida Ruth



Un dedo vaga sin rumbo sobre los lomos de los libros. Con mirada inquieta, Úrsula busca hasta encontrar el ejemplar que, hace diez años, una amiga secreta le prestó y que nunca pudo devolver. Finalmente lo halla, y contiene la respiración cuando abre su cubierta y lee el título. Con tan solo tres palabras, “Desde mi cielo” provoca que sus ojos se humedezcan de nuevo. Qué ironía.

Con las yemas apenas rozando el filo de las páginas encuentra las flores prensadas y secas que guardó el día en que Ruth desapareció. Nunca encontraron su cuerpo, pero ella siempre había sabido que estaba muerta. O al menos lo esperaba, pues la alternativa era mucho peor.

En ese momento una voz le susurra que tiene frío, y ella, asintiendo, cierra la ventana de su cuarto. Un gesto realmente inútil, pues en el otro mundo siempre hace frío, pero que aplaca a la voz y la hace callar. Úrsula se sienta en su escritorio y, con pulcra caligrafía, empieza a escribir en un papel grueso y bonito.

“Querida Ruth:

Espero que estés descansando por fin. Espero, sinceramente, que estas palabras nunca te lleguen. Una parte de mí siempre creyó en la inmortalidad del alma, o en la reencarnación, pero de verdad que quiero estar equivocada y que tu espíritu ya no sienta nada más que paz.

Tengo que pedirte perdón. Perdón porque me callé durante todos estos años, perdón porque me pudo el miedo. Quizá… quizá si hubiese hablado, si hubiese contado que yo también la vi en aquél callejón, quizá no te hubieras sentido tan sola. Siento mucho no haber estado ahí cuando me necesitaste, y espero que, después de lo de la otra noche, haya podido compensártelo. 

He leído tu blog. Mucha gente lo ha hecho, y creo que no ha dejado indiferente a nadie. A mí me ha traído muchos recuerdos, y no sólo los malos. Quiero que sepas que conocerte, que tenerte en mi vida, fue un regalo. ¿Sabes que, la otra noche, tanto África como yo estábamos temblando? Nos daba miedo fallar, nos daba miedo que ella nos descubriera y haberlos llevado a todos a la muerte… pero en ningún momento dudé. Sabía que tú estabas ahí para echarnos una mano. Y es por eso… que te tengo que dar las gracias. Gracias por ser mi ejemplo a seguir. Si ser una Hija de Gaia, como dicen ellos, implica ser mínimamente parecida a ti, entonces merece la pena.

Te echo de menos, pero estoy contenta porque ya no te veo ni te escucho. Ojalá pudiera transmitirle este tipo de paz a Alex, aunque creo que Guille está más cerca de conseguirlo que yo. Creo que está celosa del tiempo que compartimos, pero la entiendo, y espero que podamos ser amigas. Es muy terca, pero cada vez que hablo con ella me siento cerca de ti, de una parte de ti, y eso me parece muy bonito.

Pienso en los momentos que compartimos, en las risas al coincidir en la opinión que teníamos de cada libro que intercambiamos, en las carreras para coger el autobús a las tantas de la noche, y me parece que fueron pocos. No fue justo que se te llevara, no fue justo… y pagará por ello.

No hablo desde el odio ni desde el rencor, te lo juro. Hablo de… de justicia. Sé que, sea por lo que sea, ella sólo sigue su naturaleza corrupta y terrible. Pero ahora yo también sé cuál es mi naturaleza: cuidar de los espíritus que atrapados aquí, con cuentas pendientes. Y no permitiré que ella siga en esa espiral de corrupción, rompiendo vidas y matándonos.

Y te prometo una cosa, Ruth: la voy a perdonar. La perdonaré por hacer tanto daño porque, como he dicho, sé que sólo sigue su naturaleza. Pero también haré que pague por lo que ha hecho, y luego, la mandaré donde tú estés para que te pida perdón. Y si para ello tiene que redimirse y ser tan buena que… que Gaia, o quien sea, le permita ir al cielo en el que te imagino, pues conseguiré que se redima. Te lo prometo.

Las voces siguen hablándome de vez en cuando, y espero aprender pronto cómo hacer que descansen, igual que tú. Ojalá hubiera un libro que consultar, unas instrucciones… ojalá Leandro no se hubiera muerto por salvarme. Pero aprenderé igual, ya lo sabes. No por nada sacaba siempre dieces. Por primera vez en mi vida veo un futuro, veo que ser la más lista de la clase puede ser útil. Veo que, al final, podré ayudar a los demás con lo que aprenda.

Ah, y cuidaré de Guille y de Álex, si puedo. Y sé que Aurora y César y los demás cuidarán de mí. Nos cuidaremos por que a ti no pudimos protegerte, y porque eso nos pesa en la conciencia, pero nos ha servido para aprender a ser hermanos. Ahora somos una piña, somos una familia… y es gracias a ti. Somos la familia que tú has creado junto con Sebastián.

Esto es un adiós, Ruth. No quiero que volvamos a hablar en lo que me queda de vida, quiero que te quedes donde estás, y que estés bien. Gracias por todo lo que hiciste por mi, por ser mi amiga y por enseñarme que puedo cambiar las cosas, que no todo está perdido. Te llevo conmigo, hermana, y jamás me olvidaré de ti.

Siempre tuya, 
tu amiga Úrsula.”

Como era de esperar, Úrsula llora mientras redacta la carta. Se seca las lágrimas con el dorso de la mano y guarda el papel doblado en un sobre junto con las flores secas. Al cerrarlo le da un beso, sellando la historia de una chica dulce y amable que tuvo mala suerte, pero a la que pudo ayudar al final.

Se pone el abrigo, pues ahora es ella quien siente frío, y sale de su casa en dirección al lugar donde la vio por última vez. Las voces vuelven, pero ella procura escucharlas y responderles. Les dice que tiene que despedirse de una amiga, pero que cuando vuelva les dará lo que necesitan. Y cuando habla, sus palabras están llenas de compasión en vez del miedo que solía teñirlas.

Alcanza el túmulo y deja la carta al pie de una vela blanca, justo donde hace unas noches las luces rojas les guiaron hasta allí. Se queda de rodillas un rato y reza, como cree que lo haría el padre Leandro, con la medalla de la virgen entre las manos. Finalmente coge el sobre y prende una de sus esquinas con la llama trémula, enviando sus último adiós al cielo en forma de humo y fe.

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